Leiber Fritz Cuando soplan los vientos cambiantes

  

EDITADO POR “EDICIONES LA CUEVA”

  

CAMBIANTES

FRITZ LEIBER FRI TZ LEI BER es conocido del público español por el cuent o " Un

balde de air e" , publicado en MAS ALLA, y m ás t ar de por el libr o de

cuent os " Naves a las Est rellas" publicado por GALAXI A. Frit z Leiber,

que t iene ya 57 años, fue act or, com o su padre, y en est os últ im os

años le ha ent rado la vena de la pint ura. Tiene en su haber, infinidad

de cuent os y novelas, de los que se ha seleccionado WHEN THE

CHANGE- WI NDS BLOW, publicado en MAGAZI NE OF FANTASY AND

SCI ENCE FI CTI ON, par a for m ar par t e de est e volum en.

  Me encont raba a medio camino ent re Arcadia y Ut opía, en largo vuelo de exploración arqueológica, en busca de colmenas de coleópt eros, vert icales colonias de lepidópt eros y ruinas de ciudades de los Ant iguos.

  En Mart e se habían est ancado en los nombres f ant ást icos que los viej os ast rónomos soñaron en sus cart as. Habían hallado un Eliseo, t ambién un Of ir. Juzgué que me encont raba en alguna part e próxima al Mar Acido, el cual, por rara coincidencia se conviert e en ponzoñoso pant ano poco prof undo, rico en iones de hidrógeno, cuando se f unde el casquet e de hiel o del nort e.

  Pero no veía señal de ello debaj o de mi, ni t ampoco rast ros arqueológicos de ninguna clase. Sólo la inf init a llanura yerma y rosada, brumosa de polvo de f elsit a y de óxido de hierro, deslizándose const ant e baj o mi rápido vehículo volador, con una angost a cañada o baj o cerro de t recho en t recho, pareciendo a t odo el mundo ¿Tierra? ¿Mart e? como part es del desiert o de Moj ave.

  El sol est aba a mi espalda, inundando la cabina con su ya mort ecina luz. Unas cuant as est rellas t it ilaban en el f irmament o azul. Reconocí las const elaciones de Sagit ario y Escorpión, y la roj a cabeza de alf iler de Ant ares.

  Yo llevaba mi t raj e espacial roj o. Hay bast ant e aire en Mart e ahora para sobrevolarlo, pero no para respirar, aun cuando se viaj e a pocos cient os de met ros de su superf icie.

  A mi lado est aba el t raj e espacial verde de mi copilot o, que debiera haber est ado ocupado por alguien, si yo f uese más sociable, o simplement e más respet uoso con el reglament o de vuelos. De cuando en cuando me ladeaba y le daba un codacit o.

  Y las cosas parecían mist eriosas, f ant asmagóricas, que no es como debe sent irlas quien gust a de la soledad t ant o como yo, o lo pret ende. Pero el paisaj e marciano es aún más espect ral que el de Arabia o el del Sudoest e americano. . . solit ario y hermoso y obsesionado con muert e e inmensidad y a veces at aca a quienes lo cruzan.

  De algún ant iguo poema provinieron las palabras: ". . y nacieron ext raños pensamient os, que aún bílrun en mis oídos, sobre la vida ést a ant es de que yo la viviera. "

  

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  Tuve que evit ar el incl inarme hacia adel ant e, y pasé l a vist a por el visor del t raj e espacial verde, para ver si cont enía ahora a alguien. A un hombre f laco. O a una alt a y esbelt a muj er. O a un marciano coleopt érido de art iculaciones de cangrej o, que necesit a de un t raj e espacial t ant o como ést e le necesit a a él.

  O. . . ¿quién sabe? Había una gran quiet ud en la cabina. Era un silencio que casi resonaba. Yo había permanecido a la escucha de la Base Deimos, pero ahora la lunilla ext erior ya se había sumido baj o el horizont e del sur. Habían est ado emit iendo un programa de sugest iones acerca de separar a Mercurio del sol para convert irlo en luna de Venus —y dando t ambién rot ación a ambos planet as—, para de t al modo despej ar la espesa at mósf era abrasiva como la de un horno de Venus y hacerlo habit able.

  Seria mej or acabar primero con Mart e, pensé. Pero casi inmediat ament e apareció la secuela a est e pensamient o: No; deseo a

  Mart e para gozar de la soledad. Por eso vine aquí. La Tierra se f ue at est ando de gent e, y ya se ve lo que ha pasado.

  Sin embargo, en Mart e hay moment os en que sería agradable t ener una compañía, hast a para un sol it ario como yo. Es decir, si se pudiera escoger l a compañía. De nuevo sent í el impulso de escudriñar en el int erior del t raj e espacial verde. Pero, en vez de eso, eché un vist azo en derredor. Todavía sólo el polvorient o desiert o ext endiéndose hacia ponient e; casi sin rasgos, aunque de un rosa oscuro como un melocot ón pasado. "Verdadero melocot ón, rosado y sin t acha. . . Todo mármol color melocot ón, el ext raño y sazonado vino de una cosecha abundant e. . . " ¿Qué era ese poema?, pregunt ó mi ment e.

  En el asient o a mi lado, casi baj o la cadera del t raj e espacial verde, vibrando un poco con él, había una cint a: iglesias y cat edrales desaparecidas de Tierra. Los ant iguos edif icios t enían para mi un prohibit ivo int erés, desde luego, y además, algunos de los mont ículos o colmenas de los negros coleópt eros se parecen ext raordinariament e a las t orres y espiras de la Tierra, hast a en det alles t ales como vent anas de aguda oj iva y alados arbot ant es, como si se hubiese sugerido allí un element o imit at ivo, quizás t elepát ico, en la arquit ect ura de aquellos seres que, a pesar de su int eligencia humanoide, son muy semej ant es a insect os sociales. Est uve repasando el libro, en mi últ ima parada, a la caza de parecidos en las residencias de coleópt eros, pero luego un int erior cat edralicio me recordó la Capilla Rockef eller de la Universidad de Chicago y saqué la cint a del proyect or. En esa capilla era donde había est ado Mónica cuando obt uvo su doct orado en Física una radiant e mañana de j unio, mient ras el chorro llameant e de los cohet es de despegue lamia la orilla sur del lago Michigan. . . y no quise pensar en Mónica. O, más bien, ansiaba demasiado pensar en el l a.

  Lo hecho, hecho est á y además ella ha muert o ya hace mucho t iempo. . . ¡Ahora reconoci el poema! . . . El obispo dispone su t umba en la iglesia de Sant a Práxeda, era de Browning. ¡Parecía un lament o lej ano! . . . ¿Había en la cint a una vist a de San Práxeda? El siglo XVI. . . y el obispo agonizant e suplicando con sus hij os por t ener una t umba grot escament e grandiosa. . . con un f riso de sát iros, ninf as, el Salvador, Moisés, linces. . . mient ras, como t rasf ondo, el obispo piensa en la madre de ellos, en su amant e. . .

  "Vuest ra esbelt a y pálida madre, con sus oj os parlant es. . . EI viej o Gandolf o me envidiaba, por l o bel l a que era! "

  

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Robert o Browning y Elisabet h Barrret t y su gran amor. . .

  Mónica y yo mismo y nuest ro amor que nunca t uvo comienzo. . . Los oj os de Mónica hablaban. Era esbelt a y delgada y alt iva. . . Quizás si yo hubiese t enido más caráct er, o sólo energía, habría hallado alguien más a quien amar. . . ¡un nuevo planet a, ot ra muchacha! . . . y no permanecería inút ilment e f iel a aquel ant iguo romance, y no est aría cort ej ando a la soledad, enclaust rado en Mart e dent ro de una ensoñado vida—muert e. .

  Horas y más horas en la noche inanimada, me pregunt o ¿Vivo, o est oy muert o?. Mas, para mi, la pérdida de Mónica est á ligada, no puedo deshacer su lazo, desat ar su nudo, con el f racaso de l a Tierra con mi abominación por l o que l a Tierra se hizo a si misma en su orgullo de dinero y poder y éxit o. Comunist as y capit alist as por igual, con aquella innecesaria guerra at ómica que llegó precisament e cuando se pensaban que lo t enían t odo resuelt o y a salvo. . . al igual que lo pensaron ant es de la de 1914. La cont ienda no barrió a t oda la Tierra, de ningún modo. sino sólo una t ercera part e, pero si aniquiló mi conf ianza en la nat uraleza humana. . . y me t emo que en la divina t ambién. . . y dest ruyó a Mónica.

  ". . . y ella murió como hemos de morir t odos y desde ent onces t ú percibes al mundo como en un sueño. . . " ¿Un sueño? Quizás nos f alt e un Browning para hacer reales aquellos moment os de la hist oria moderna vert idos por sobre el Niágara del pasado, para hallarlos de nuevo como una aguj a en el paj ar o el át omo en el remolino, y marcarlos perf ect ament e. . . los moment os del vuelo est elar y at errizaj e planet ario grabados como él lo había hecho en los moment os del Renacimient o, en indelebles aguaf uert es.

  ¿Sin embargo. . . el mundo, el universo (¿Mart e? ¿Tierra?) sólo un sueño? Bueno, acaso un mal sueño a veces, ¡eso seguro! , me dij e cuando hice vol ver mis errant es pensamient os al aparat o volant e y al invariable desiert o rosado baj o el pequeño sol.

  Al parecer, no había omit ido nada. . . mi segunda ment e había est ado vigilando despiert a y con at ención los inst rument os, mient ras mí primera ment e divagaba en imaginaciones y recuerdos.

  Pero las cosas aparecían más f ant asmagóricas que nunca. El silencio resonaba ahora, met álico, como si acabase de f inalizar un gran volt eo de campanas, o est uviese a punt o de comenzar. Había amenaza ahora en el pequeño sol a punt o de ponerse det rás de mi, t rayendo la noche marciana y lo que las cosas-seres marcianas pudieran ser sin que ellas mismas lo supieran t odavía. La llanura rosa se había vuelt o siniest ra. Y por un moment o est uve seguro de que si miraba en el Int erior del t raj e espacial verde vería a un negro espect ro más t enue que cualquier coleópt ero, o bien un rost ro de pardos y descarnados huesos y de t orva sonrisa. . . el Rey de los Terrores.

  Con la rapidez de la lanzadera del t ej edor vuelan nuest ros años: el Hombre va a la t umba, ¿y dónde est á?. Lo mist erioso y sobrenat ural no se evaporaron cuando el mundo se superpobló y se hizo int eligent e y t écnico. Se t rasladaron al ext erior. . . a la Luna, a Mart e, a los sat élit es de Júpit er, a la negra y enmarañada f lorest a del espacio y a las dist ancias ast ronómicas y a los inimaginablement e lej anos oj os de buey de las est rellas. A los reinos de lo ignot o, donde acont ece aún lo insólit o a cada hora y lo imposible cada día. . .

  

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  Y precisament e en ese moment o vi a lo imposible erguido, con una alt ura de cient o veint e met ros y vest ido de encaj e gris, en el desiert o f rent e a mi. Y mient ras mi primera ment e se quedaba helada durant e segundos que se ext endieron a minut os y mi visión cent ral quedaba inescrut ablement e clavada en aquella Incredulidad bif urcada al máximo con su opaco mat iz de arco iris prendido en el encaj e gris, mi segunda ment e y mi visión perif érica llevaron a mi aparat o volant e en rápido descenso a un suave y rasant e at errizaj e de ensueño con sus largos esquíes sobre el rosado polvo. Manipulé un mando, y las paredes de la cabina oscilaron en silencioso descenso, a ambos lados del asient o del pilot o, y baj é por la ensoñadora gravedad marciana al suelo blando como una almohada melocot ón oscuro, quedándome en cont emplación de la maravilla, y f ue ent onces cuando mi ment e primera comenzó por f in a f uncionar.

  No podía caber duda alguna sobre el nombre de aquello, pues hacía no más de cinco horas que cont emplé una vist a suya regist rada en la cint a. . . era la f achada occident al de la cat edral de Chart res, esa obra maest ra del gót ico, con su aguj a sencil l a del sigl o XII, el Cl ocher Vi eux, al sur, y su aguj a ornament al del siglo XVI, el

  

Cl ocher Neuf , al nort e; y ent re ellas el gran roset ón de quince met ros de diámet ro y,

debaj o, el pórt ico de t riple arcada replet o de escult uras religiosas.

  Rápidament e ahora, mi ment e primera pasó de una t eoría a ot ra que explicaran est e grot esco milagro y salió repelida de ellas casi con t ant a celeridad como si f uesen polos magnét icos.

  Era una alucinación procedent e de las mismas cint as grabadas. Si, quizás el mundo como en un sueño. Eso es siempre una t eoría y nunca út il . Una t ransparencia de Chart res había pasado ant e mi placa visora f acial. Sacudí mi casco. No era posible. . . Est aba viendo un espej ismo que había at ravesado cincuent a millones de millas de espacio. . . y algunos años de t iempo t ambién, pues Chart res había desaparecido con la bomba de París que mal dirigida cayó hacia Le Mans, lo mismo que la capilla Rockef eller desapareciera con la bomba de Michigan y la de Sant a Práxeda con la de Roma.

  Aquella cosa era una maquet a const ruida por los coleopt éridos, de acuerdo a un plano t elepat izado de la imagen ment al recordada de Chart res y conservada en la memoria de algún hombre. Pero la mayoría de las imágenes memorizadas carecen de t ant a precisión y j amás oí hablar de coleópt eros imit ando policromas vidrieras, aun cuando const ruyesen nidos con aguj as y capit eles de t rescient os met ros de alt ura.

  Aquello era una de esas grandes t rampas hipnót icas que los Jingoist as areanos pret enden reit eradament e que nos est án t endiendo los coleópt eros. Sí, y el universo ent ero est aba const ruido por demonios para engañarme sólo a mí. . . y posiblement e a Adolf o Hit ler. . . como hipot et izara ant año Descart es. Bast a.

  Trasladaron Hollywood a Mart e, como ant es lo hablan t rasladado a México, y a España, y a Egipt o, y al Congo, para reducir gast os, y habian t erminado precisament e una epopeya medieval : El j or obado de Nuest r a Señor a de Par ís, sin duda con algún est úpido product or que subt it ula a Not re Dame de Paris por Not re Dame de Chart res, porque a su amant e de t urno le parecía que est a últ ima t enia mej or aspect o ambient al y el público ignorant e no not aria la dif erencia. Sí, y probablement e hordas alquiladas por casi nada de negros coleópt eros como comparsería para la f iguración de monj es, llevando hábit os de burda est ameña y con máscaras humanoides. ¿Y por

  

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  qué no un coleópt ero para el papel que Ouasimodo?. . . eso mej oraria las relaciones ent re las razas. No ha de buscarse la comedia en lo increíble.

  O bien habian est ado dando un paseo por Mart e al últ imo president e chif lado de La Belle France, para aplacar sus nervios, y, con t al mot ivo, le habían procurado una maquet a de la cat edral de Chart res, t oda su f achada oest e, para seguirle la corrient e, del mismo modo que l os rusos habl an const ruido sus poblados de cart ón para impresionar a la esposa alemana de Pedro III. ¡La Cuart a República en el cuart o planet a! No, no t e vuelvas hist érico. Pues esa cosa est á ahí.

  O quizá —y aquí mi primera ment e se desbocó— el pasado y el present e exist en de algún modo en alguna part e ( ¿La Ment e de Di os? ¿La cuar t a di mensi ón?), en una especie de animación suspensa, con pequeñas veredas de cambios sonámbulos discurriendo a t ravés del f ut uro mient ras las acciones volunt arias de nuest ro present e lo t rast ocan y quizás, quien sabe, ¿ot ras sendas discurriendo t ambién a t ravés del pasado?. . . porque podrían haber viaj eros prof esionales del t iempo. Y acaso, una vez en un millón de milenios, un af icionado halla accident alment e una puert a.

  Una puert a de acceso a Chart res. ¿Pero cuándo? Mient ras me det enía en est os pensamient os, con la mirada f ij a en el prodigio gris

  

". . . ¿Vi vo o est oy muer t o?", —percibí un gemido y un susurro a mi espalda, y me volví,

  viendo al t raj e espacial verde salir por los aires del aparat o volant e, viniendo en mi dirección, pero con su cabeza agachada, de manera que no pude dist inguir si habla algo t ras la placa visora. Me quedé t an inmóvil como en una pesadilla. Pero ant es de que el t raj e espacial llegase a donde yo est aba, vi lo que acaso lo t ransport aba, una ráf aga de aire que había sacudido al aparat o volant e y provocado densas y alt as columnas de polvorosa, que f ormó una serie de plumosas nubes. Y luego el vient o se abat ió sobre mi y como por la escasa gravedad de Mart e uno no se asient a demasiado f irme sobre el suelo, se me llevó rodando lej os del aparat o, en medio de la ola de polvo y con el t raj e espacial, que iba más rápido y más alt o que yo, como si est uviera vacío. . . aunque bien es verdad que los espect ros son livianos.

  Aquel vient o era más poderoso que cualquiera de los que suelen azot ar Mart e, con cert eza superior a cualquier ráf aga, y mient ras Iba yo dando delirant es t umbos, prot egido por mi t raj e y por la baj a gravedad, t endiendo inút ilment e las manos para asirme a los mezquinos salient es rocosos por ent re cuyas largas sombras marchaba dando vuelt as, me encont ré pensando con la serenidad de la f iebre que aquel vient o no soplaba sólo a t ravés del espacio de Mart e, sino t ambién a t ravés del t iempo.

  Una mezcl a de vient o del espacio y vient o del t iempo. . . ¡qué rompecabezas, qué enigma para el f ísico y diseñador de vect ores! Parecía inj ust o, de mala f e, pensé mient ras seguía en mi rodar, algo así como proporcionar al psiquiat ra a un pacient e con psicosis y soj uzgado por el alcoholismo. Pero la realidad siempre se encuent ra mezclada y yo sabía por experiencia que sólo pocos minut os en una cámara anecoica, sin luz, de gravedad cero, hacia que la ment e más normal derivara incont rolablement e hacia la f ant asía. . . ¿o es que siempre eso es f ant asía?

  Uno de los salient es rocosos más pequeños t omó por un inst ant e la f orma ret orcida del perro de Mónica Brush cuando murió. . . no en la explosión con ella, sino por la radioact ividad, t res semanas después, sin pelo e hinchado y rezumando una especie de baba. Parpadeé.

  Luego cesó el vient o, y la f achada oest e de Chart res se cernió vert icalment e sobre mi, y me encont ré agazapado en los polvorient os peldaños del claust ro sur, con la

  

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  gran imagen de l a Virgen mirando severa desde l a part e superior del el evado port al al desiert o marciano y las est at uas de las cuat ro art es liberales alineadas baj o ella. . . Gramát ica, Ret órica, Música y Dialéct ica. . . y a Arist ót eles con el ent recej o f runcido moj ando una pluma de piedra en la t ambién pét rea t int a.

  La est at ua de la Música golpeando sus campanillas berroqueñas, me hizo pensar en Mónica y en cómo mient ras ella est udiaba piano ladraba Brush cont rapunt eando los ej ercicios de su ama. Luego recordé haber vist o en l a cint a que Chart res es el legendario lugar de et erno descanso de Sant a Modest a, una bellísima muchacha que a causa de su f e crist iana f ue t ort urada hast a la muert e por su padre Ouirino en los días del emperador Diocleciano. Modest a. . . Música. . . Mónica.

  La doble puert a est aba un poco abiert a y el t raj e espacial verde quedó allí como t endido de bruces y esparrancado, con el casco alzado, como si f isgase en el int erior, desde el nivel del suelo.

  Me puse en pie y subí, ¿f lot ando a t ravés del t iempo?, Grot esco, con peldaños cubiert os de polvo rosa. Polvo, ¿y qué era yo, sin embargo, más que polvo? "¿Vi vo o

  est oy muer t o?"

  Me di cada vez más prisa, levant ando al andar el f ino polvo en remolinos roj o melocot ón, y casi t ropecé con el t raj e espacial verde al agacharme para darle la vuelt a y mirar por su placa visora. Mas, ant es de que pudiera hacerlo complet ament e me f ij é en el port al y lo que vi me det uvo. Lent ament e me af iancé de nuevo sobre mis pies y di un paso más allá del post rado t raj e espacial verde y luego ot ro.

  En vez de la gran nave gót ica de Chart res, larga como un campo de f út bol, alt a como una sequoia, avivada por una policroma luminosidad, había un int erior más pequeño y oscuro. . . eclesiást ico t ambién, pero románico, hast a lat ino, con macizas columnas de granit o y ricos peldaños de mármol roj o que llevaban hast a un alt ar en el que relucían los mosaicos en la semioscuridad. Un t enue haz de luz provenient e de ot ra abiert a puert a, parecido a un f oco de t eat ro, encendido ent re bast idores, se proyect aba sobre el muro opuest o a mi, revelándome un sepulcro magníf icament e ornament ado, en el que una est at ua f uneraria—un obispo con su mit ra y báculo — yacía en un recargado f riso de bronce sobre una brillant e losa de Jaspe verde, con un globo t erráqueo de lapislázuli, ent re sus rodillas de piedra, y nueve columnit as de mármol col or melocot ón primerizo alzándose en derredor suyo hast a el dosel. . .

  Pues, nat uralment e: ést a era la t umba del obispo del poema de Browning. Est a era la iglesia de Sant a Práxeda, pulverizada por la bomba de Roma, la iglesia consagrada a la márt ir Práxeda, hij a de Prudencio, discípula de San Pedro, más ocult a en el pasado aún que la márt ir Modest a de Chart res. Napoleón había t enido la int ención de liberar y t rasladar aquellos peldaños de mármol roj o a París. Pero al percat arme de est o me sobrevino casi inst ant áneament e el recuerdo gemelo: que si bien la iglesia de Sant a Práxeda habia t enido exist encia real, el sepulcro de Browning sólo exist ió en la imaginación del poet a y en las ment es de sus lect ores.

  ¿Podría ser, pensé, que el pasado y el f ut uro no solament e exi st an por siempre, sino t ambién t odas las posibilidades que nunca se plasmaron, ni se plasmaran. . . de

  (¿La qui nt a di mensi ón? ¿La Imagi naci ón de Di os?), como

  al gún modo, en al guna part e si f ueren un sueño dent ro de ot ro sueño?. . . Rept ando t ambién como los art ist as, o lo que cualquiera piensa de ellos. . . Vient os cambiant es mezclados con vient os del t iempo y con vient os del espacio. . .

  

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  En est e moment o reparé en dos f iguras vest idas de oscuro en la nave lat eral de la t umba y al examinarlas vi a un hombre pálido de negra barba que le cubría las mej illas y a una muj er pálida t ambién, de lacio pelo oscuro, t ocada con t enue velo. Hubo un movimient o próximo a sus pies y apart ándose de ellos, una parda y gruesa best ia negra, semej ant e a una babosa casi sin pelo, rept ó alej ándose de ellos y se perdió ent re las sombras.

  No me gust ó aquello. No me gust ó t al best ia. Ni me gust ó su desaparición. Por vez primera me sent í en verdad at emorizado. Y luego la muj er se movió t ambién, de modo que el borde de su amplia f alda negra pareció barrer el suelo, y con acent o aut ént icament e brit ánico dij o: "¡ Fl ush!

  ¡Ven aqui, Fl ushl " y recordé que ése era el nombre del perro que Elisabet h Barret se llevó consigo cuando huyó con Browning de la calle Wimpole.

  La voz llamó de nuevo, ansiosa, pero su acent o inglés le había desaparecido ya, era en verdad una voz que yo conocía una voz que hel ó l a sangre en mis venas y el nombre del perro se había t rocado en Br ush y alcé la vist a y la barroca t umba había desaparecido y los muros se habían t ornado grises y ret rocedido, pero no t an lej os como los de la Capilla Rockef eller; y allí, viniendo hacia mí por la nave cent ral, alt a y esbelt a, at aviada con su negra t oga académica con las t res barras de t erciopelo del doct orado en las mangas y el pardo de la Ciencia orillando su birret e, est aba Mónica.

  Creo que me vio, creo que me reconoció a t ravés de mi placa visora, creo que me sonrió t ímida, t emerosa, maravillada. Luego, t ras ella, hubo un resplandor rosáceo, f ormando un luminoso nimbo en t orno a su cabel l o, como la aureola de una sant a. Pero el resplandor se hizo después demasiado brillant e, hast a result ar int olerable a la vist a, y algo me golpeó, echándome at rás a t ravés del port al, haciéndome dar vuelt as como una peonza, de manera que cuant o vi f ueron remol inos de polvo rosa y el f irmament o const elado.

  Creo que lo que me asest ó aquel golpe f ue el f ant asma del f rent e f ormado por una explosión at ómica. En mi ment e se hallaba el pensamient o: Sant a Práxeda, Sant a Modest a, y Mónica, la sant a at ea mart irizada por l a bomba. Luego, t odos los vient os se f ueron y me hallé serenándome, en el polvo, j unt o a mi aparat o volant e. Escudriñé en derredor, a t ravés de los menguant es remolinos de polvo. La cat edral había desaparecido. Ni loma ni est ruct ura alguna resalt aban por ninguna part e sobre la lisa planicie del horizont e marciano.

  Apoyado cont ra el aparat o volant e, como si se hallara aún en pie sost enido por el vient o, est aba el t raj e espacial verde, con su espalda vuelt a hacia mí, su cabeza y hombros hundidos, en una act it ud remedadora del más prof undo desalient o.

  Fui rápidament e hast a él. Me asalt ó el pensamient o de que podría haberse venido conmigo t rayendo a alguien a mi present e act ual. Cuando le di la vuelt a pareció cont raerse un poco. La placa visora est aba vacía. En el int erior, baj o la t ransparencia, de- f ormada por mi ángulo de visión, se hallaba la pequeña consola complej a con sus esf eras y palancas, pero ningún rost ro cerniéndose sobre ést as.

  Tomé muy suavement e en brazos al t raj e espacial, como si f uese una persona y me f ui hacia l a puert a de l a cabina. No exist imos más plenament e que en las cosas que hemos perdido.

  

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  Hubo un verde dest ello del sol mient ras su últ ima plat a se desvanecía en el horizont e. Brot aron t odas las est rellas. Reluciendo verde, la más brillant e de t odas, baj a en el f irmament o, allá donde el sol se había puest o, se encont raba la est rella vespert ina, la Tierra.

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