Capítulo 1 LOS ORÍGENES DE LA POLÍTICA LINGÜÍSTICA

  

Louis-Jean Calvet

LAS POLÍTICAS LINGÜÍSTICAS

  Versión castellana de Lía Varela Supervisión de Roberto Bein © Presses Universitaires de France, 1996 © Edicial S.A., 1997

  Capítulo 1 LOS ORÍGENES DE LA POLÍTICA LINGÜÍSTICA

  La intervención humana en la lengua o en las situaciones lingüísticas no es algo nuevo: desde siempre los individuos han intentado legislar, fijar el uso correcto o intervenir en la forma de la lengua; desde siempre, también, el poder político ha privilegiado tal o cual lengua, ha elegido gobernar el Estado en una lengua o imponer a la mayoría la lengua de una minoría. Pero la política lingüística, determinación de las grandes opciones en materia de relaciones entre las lenguas y la sociedad, y su puesta en práctica, la planificación

  

lingüística, son conceptos recientes que recubren solo en parte estas prácticas antiguas. Si

  bien, como veremos, la elección de un alfabeto para una lengua, por ejemplo, corresponde a la política lingüística, esto no significa que Cirilo y Método, cuando crean el alfabeto glagolítico, ancestro del cirílico, o que Thonmi Sambhota, cuando fija el alfabeto tibetano, escriban un capítulo de la historia de la política lingüística. Del mismo modo, si bien en ciertos países, como Turquía o Indonesia, se forjó la lengua del Estado interviniendo en una lengua existente para modernizarla y adaptarla a las necesidades del país, no pondremos en el mismo plano a los inventores de las lenguas artificiales (ido, esperanto, volapük, etc.) cuyas creaciones han quedado casi siempre en sus cajones. Porque la política lingüística es inseparable de su aplicación, y este libro se ocupa, pues, del par política lingüística y planificación lingüística.

  En este primer capítulo exploraremos la aparición de estos conceptos en la segunda mitad del siglo XX y mostraremos sus vinculaciones con los grandes desafíos políticos de esta época.

I. Nacimiento del concepto y de su campo de aplicación

  El sintagma language planning, que será traducido al francés [y castellano] como 1

  

planificación lingüística, aparece en 1959 bajo la pluma de Einar Haugen a propósito de los

  problemas lingüísticos de Noruega. El objetivo de Haugen era presentar la intervención estandarizadora (por medio de reglas ortográficas, etc.) del Estado de manera de construir una identidad nacional luego de siglos de dominación danesa. Haugen vuelve sobre el mismo tema en 1964, en ocasión de una reunión organizada por William Bright en la UCLA, que marca el 2 nacimiento de la sociolingüística. En la misma obra se encuentra también un texto de Ferguson sobre las national profile formulas, sobre el cual volveremos en el próximo capítulo, y cuando observamos la lista de los participantes (Bright, Haugen, Labov, Gumperz, Hymes, Samarin, Ferguson, etc.) vemos que sólo falta Fishman para completar el "equipo" que, en los años setenta y ochenta, representará la sociolingüística y/o la sociología del lenguaje en los Estados Unidos. Así, la "planificación lingüística" recibe el bautismo al mismo tiempo que la sociolingüística, y 3 será definida un poco más tarde por J. Fishman como sociolingüística aplicada.

  4 Luego Fishman, Ferguson y Das Gupta publican en 1968 una obra colectiva dedicada

  a los problemas lingüísticos de los países en vías de desarrollo y, durante el año universitario 1968-1969, cuatro investigadores, Jyotirindra Das Gupta, Joshua Fishman, Björn Jernudd y Joan Rubin, se reúnen en el East-West Center de Hawaii para reflexionar sobre la naturaleza de la planificación lingüística. Del 7 al 10 de marzo organizan una reunión sobre el mismo tema a la que invitan a unas diez personas (antropólogos, lingüistas, sociólogos, economistas...) que han trabajado en el campo de la política o la planificación lingüística. De ese encuentro resultará una obra, Can Language be Planned? 5

  ("¿Puede ser planificada la lengua?"), que pasa revista al estado de la cuestión en esa época.

  J. Rubin, J. Das Gupta, B. Jernudd, J. Fishman y C. Ferguson: una suerte de "banda de los cinco" anglófonos que, durante años, ocupará el centro de la reflexión sobre ese nuevo dominio (más adelante veremos que los mismos temas serán abordados también por investigadores de lengua francesa, alemana o castellana). Los progresos de la planificación lingüística se pueden seguir especialmente a través de las publicaciones de una colección ("Contributions to the Sociology of Language") que dirige Joshua Fishman en las Ediciones Mouton. Allí encontramos una impresionante concentración de obras en pocos años:

  • - Advances in Language Planning, ed. por J. Fishman, 1974;
  • - Language and Politics, ed. por William O'Barr y Jean O'Barr, 1976;
  • - Selection among Alternates in Language Standardization, the Case of Albanian, de Janet

  Byron, 1976;

- Language Planning for Modernization, the Case of Indonesian and Malaysian, de S.

Takdir Alisjabana, 1976;

  • - Advances in the Study of Societal Multilingualism, ed. por J. Fishman, 1977;

    - Language Planning Processes, ed. por J. Rubin, B. Jernudd, J. Das Gupta, J. Fishman, C.

  Ferguson, 1977;

  • - Advances in the Creation and Revision of Writing Systems, ed. por J. Fishman, 1977; - Colonialism and Language Policy in Vietnam, de John DeFrancis, 1977, etc.

  A través de estos títulos se ve como un resumen de la historia del concepto, con la alternancia entre un enfoque general y estudios de caso (Albania, Indonesia, Malasia, Vietnam, etc.).

  Paralelamente aparece la noción de política lingüística en inglés (Fishman,

  

Sociolinguistics, 1970), en español (Rafael Ninyoles, Estructura social y política

lingüística, Valencia, 1975), en alemán (Helmut Glück, "Sprachtheorie und

  Sprach(en)politik", OBST, 18, 1981) y en francés. En todos los casos y en todas las definiciones, las relaciones entre la política lingüística y la planificación lingüística se plantean como de subordinación: así, según Fishman, la planificación es la puesta en práctica de una política lingüística, y las definiciones ulteriores, en su variedad, prácticamente no se apartarán de este enfoque. En 1994, por ejemplo, Pierre-Étienne Laporte presentará la política lingüística como un marco jurídico y el ordenamiento [aménagement] lingüístico como el conjunto de acciones que tienen "por objeto precisar y 6 garantizar cierto estatuto a una o varias lenguas". Pues en el ínterin, al margen de la corriente dominante, han aparecido otras denominaciones: aménagement linguistique en Quebec, normalización en Cataluña, cada una con efectos de sentido particulares y de importancia desigual. Los catalanes por ejemplo, (Lluís Aracil en primer lugar y luego todos los investigadores que se agrupan bajo la etiqueta de "sociolingüística catalana") quieren distinguir la normalización de la sustitución o la asimilación. En un conflicto lingüístico en el cual el español es lengua dominante, y el catalán, lengua dominada, es conveniente para ellos "normalizar" una situación "anormal". De hecho, se trata más de un programa político que de un concepto: frente al español impuesto por el poder franquista, los lingüistas catalanes militan a favor de su lengua, que quieren promover a las funciones hasta entonces ocupadas por la lengua del Estado. Los quebequenses, por su lado, prefieren

  

aménagement linguistique a planification, para evitar hacer referencia a la intervención

  planificadora del Estado. Aquí la diferencia no es en absoluto teórica sino que constituye más bien una cuestión de embalaje: se presenta el mismo producto bajo otro nombre, y Rainer Enrique Hamel tiene razón en señalar que "los tres términos planificación, normalización y aménagement refieren al mismo núcleo conceptual pero se distinguen por 7 sus connotaciones". En el mismo orden de ideas, el término glottopolitique,

  "glotopolítica", aparecerá en francés bajo la pluma de Marcellesi y Guespin, con 8 definiciones vacilantes, sin que esta innovación terminológica trastornara el campo conceptual considerado.

  En este conjunto de textos y análisis hay que hacer notar una importante diferencia de perspectiva entre los investigadores norteamericanos y los europeos. Los primeros tienden a poner el acento ante todo en los aspectos técnicos de esta intervención en las situaciones lingüísticas que constituye la planificación y se plantean bastante poco la cuestión del poder que se encuentra detrás de los que la deciden. La planificación parece, para ellos, mucho más importante que la política, y a veces queda la impresión de que verían con agrado la posibilidad de una planificación sin política: así, el sintagma language planning ha podido cubrir por sí solo durante varios años un campo que corresponde en forma manifiesta a dos procedimientos ciertamente complementarios pero que es preciso distinguir cuidadosamente: las decisiones del poder (la política) y el paso a la acción (la planificación). Los investigadores europeos (franceses, españoles, alemanes), en cambio, parecen más involucrados en la cuestión del poder, si bien los sociolingüistas catalanes se sitúan en un sistema de reemplazo de un poder por otro.

  Por lo demás, el período en el que aparecen estas nociones en la literatura científica y, al mismo tiempo, los intentos de formalizar las situaciones de plurilingüismo (diglosia, fórmulas tipológicas, etc.) que presentaremos en el capítulo siguiente no deja de tener vínculos con la época. Los primeros textos de Haugen (sobre la planificación lingüística en Noruega) y Ferguson (sobre la diglosia) datan del mismo año, 1959, y los años sesenta y setenta verán multiplicarse las publicaciones en estos dos campos. Estos años son los que siguen inmediatamente a la descolonización de numerosos países africanos y asiáticos, y el título de una de las primeras obras publicadas en este terreno, Language Problems of

  

Developing Nations (Nueva York, 1968), es característico del campo conceptual en el que

  nace esta disciplina. Paralelamente aparecen reflexiones sobre las relaciones entre lengua y nacionalismo (Joshua Fishman, Language and Nationalism, Newbury House Publishers, Rowley, Mass., 1972), sobre la situación lingüística de las antiguas colonias (Louis-Jean Calvet, Linguistique et colonialisme, París, 1974), sobre la situación de la lengua catalana en España (Aracil, Ninyoles). En Can Language be Planned (1971) los estudios de casos se refieren a Irlanda, Israel, Filipinas, el Africa oriental, Turquía, Indonesia, Pakistán: uno tien e la impresión de que el acento está puesto en los países nuevos, recientemente independientes, en vías de desarrollo, como si los países europeos no fueran afectados por la política lingüística. Y, a comienzos de los años 90, una colección de obras publicada en Francia, bajo la dirección de Robert Chaudenson, aludirá por su título mismo (lenguas y desarrollo) al trabajo de 1968 señalado más atrás: la política lingüística parece haber nacido como respuesta a los problemas de los países "en vías de desarrollo" o de las minorías lingüísticas.

  Más tarde los problemas lingüísticos del Quebec, los que se suscitan en los Estados Unidos por la inmigración hispanoparlante y luego, en Europa, por la construcción de la CEE, mostrarán que la política y la planificación lingüísticas no están ligadas solamente al desarrollo o a las situaciones postcoloniales. El texto fundador de Haugen sobre Noruega habría podido hacerlo pensar: las relaciones entre lengua(s) y vida social son a la vez problemas de identidades, cultura, economía, desarrollo, problemas a los que no escapa ningún país. Y se caerá en la cuenta de que hay también una política lingüística de la francofonía, de la anglofonía, etc. Desde este punto de vista, la aparición de nuevas naciones habrá servido simplemente como revelador.

  Repitámoslo: nos ocupamos aquí de la emergencia de un concepto, el de política/planificación lingüística, que implica a la vez un acercamiento científico a las situaciones sociolingüísticas, la elaboración de un tipo de intervención sobre estas situaciones y los medios para esta intervención. Se pueden encontrar prefiguraciones de carácter incuestionablemente científico en los lingüistas del círculo de Praga, por ejemplo, 9 que intervinieron en el campo de la estandarización del checo, o en Antoine Meillet, quien 10 dio su punto de vista sobre la Europa lingüística. Pero no son más que antecedentes, que hemos optado por no evocar en esta breve presentación histórica.

II. El primer modelo de Haugen

  Cuando aparece el término planning, "planificación", en la literatura lingüística, es tomado en su sentido económico y estatal: determinación de objetivos (un plan) y provisión de los medios necesarios para alcanzar esos objetivos. Es así como puede hablarse de la

  

planificación de la natalidad, de la planificación de la economía, etc. En los años veinte y

  treinta, solo la Unión Soviética disponía de un plan, y es esencialmente en la segunda parte de este siglo cuando se generaliza esta práctica. Pero esta generalización se llevó a cabo a partir de principios diferentes. En efecto, es necesario distinguir la planificación indicativa o incitativa, que se apoya en la concertación entre las diferentes fuerzas sociales, y la

  

planificación imperativa, que supone la socialización de los medios de producción. La

  primera es la que se ha practicado en los países occidentales; la segunda caracterizaba los países del Este. En ambos casos, sin embargo, esta planificación tiene puntos en común: es nacional, se basa en el análisis de perspectivas a mediano y largo plazo, requiere de la elaboración y luego la ejecución de un plan y, por último, es susceptible de evaluación.

  El aspecto "nacional" o "estatal" de la política lingüística que aparece aquí es un rasgo importante de su definición. En efecto, cualquier grupo puede elaborar una política lingüística: una diáspora (los sordos, los gitanos, los hablantes de ídish, etc.) puede reunirse en congresos para determinar una política, y un grupo minoritario dentro de un Estado (los bretones en Francia, por ejemplo, o los indios quechuas en Ecuador) puede hacer lo mismo. Pero sólo el Estado tiene el poder y los medios para pasar al estadio de la planificación, poner en práctica sus opciones políticas. Es por ello que, sin excluir la posibilidad de políticas lingüísticas que trasciendan las fronteras (es el caso de la francofonía, por, ejemplo, pero se trata entonces de una reunión de Estados) ni la de política lingüística que involucre a entidades más pequeñas que el Estado (las lenguas regionales, por ejemplo), hay que admitir que en la mayoría de los casos las políticas lingüísticas son obra del Estado o de una entidad en el seno del Estado que disponga de cierta autonomía política (como Cataluña, Galicia o el País Vasco en España).

  La manera en que Haugen, en su comunicación en la reunión de Los Angeles en 1964, definía la noción de planificación muestra que se situaba en este campo ideológico: "La planificación es una actividad humana que surge de la necesidad de encontrar una solución a un problema. Puede ser completamente informal y ad hoc, pero puede ser también organizada y deliberada. Puede ser emprendida por individuos privados o ser oficial. (...) Si la planificación está bien hecha, comprenderá etapas tales como la indagación extensiva de datos, la consideración de planes de acción alternativos, la toma de decisiones y su puesta 11 en práctica."

  De hecho, Haugen partía esencialmente del problema de la norma lingüística y la estandarización. Citaba, por ejemplo, al gramático indio Panini (que vivió en el siglo IV antes de nuestra era), o incluso a los gramáticos griegos y latinos, definía la planificación como "la evaluación del cambio lingüístico" y, consciente de las contradicciones entre este enfoque y las posiciones resueltamente descriptivas y no normativas de la lingüística, planteaba que la planificación lingüística debía ser un intento de influir en las elecciones en materia de lengua; se situaba así implícitamente del lado de lo que más arriba he llamado la planificación indicativa. Además, sus referencias pasaban por la teoría de la decisión, que se utiliza esencialmente en el dominio del "management" o, si se prefiere, de la gestión económica. En este campo se apela en general al modelo de Herbert Simon, quien distingue cuatro fases:

  • diagnóstico de un problema;
  • concepción de las soluciones posibles;
  • elección de una de las soluciones; - evaluación de la solución adoptada. El plan que elegía Haugen para presentar la planificación lingüística estaba inspirado directamente en este modelo, puesto que analizaba los diferentes estadios de una planificación lingüística como un "procedimiento de decisión": los problemas, los que toman las decisiones (en adelante, "decisores"), las alternativas, la evaluación y la puesta en práct
  • - Los problemas se reducen todos, para él, al caso general de la no comunicación:

  puede haber fracaso relativo cuando los hablantes hablan formas diferentes de la misma lengua, o fracaso total, cuando los hablantes no hablan la misma lengua.

  • - Los decisores. ¿Quién dispone de la autoridad suficiente para dirigir y controlar el

  cambio lingüístico? Haugen señala ante todo que la aparición de las primeras gramáticas y los primeros diccionarios de las lenguas modernas coinciden en los siglos XV y XVI con la emergencia de países ricos y poderosos. Así ocurre, por ejemplo, con la gramática española de Nebrija (1492), la fundación de la Academia Francesa por Richelieu (1635), etc. Luego, a partir del siglo XIX, los progresos de la instrucción y la difusión de la literatura hicieron necesaria una estandarización de las lenguas y surgieron individuos preocupados por normalizar su lengua: Mistral para el provenzal, Aasen para el danés, Korais para el griego, etc. Esos hombres, esos primeros "planificadores lingüísticos", que eran, según Haugen, mitad lingüistas y mitad patriotas, eran entonces individuos aislados y su obra respondía a la iniciativa individual. A la inversa, la intervención en la lengua turca decidida por Attatürk se enmarca en una dictadura; entre estos dos extremos encontramos toda una variedad de organizaciones que han intervenido en la lengua: iglesias, sociedades literarias o científicas, etc.

  • - Las alternativas. Haugen destaca en primer término que si bien existen grupos más

  pequeños que la "nación", como los galeses, o más grandes que la "nación", como los judíos, que tienen problemas lingüísticos, es en el seno de la "nación" donde se encuentran los medios oficiales para desarrollar una planificación lingüística. Luego, refiriéndose a las funciones de la lengua tales como las desarrollara Jakobson, Haugen explica que la lengua no sirve solo para comunicar información; también dice cosas sobre el hablante o sobre el grupo. La función de comunicación lleva a la uniformidad del código; la función de expresión lleva en cambio a su diversificación. Por eso, el fin de la planificación no es necesariamente terminar en un código uniforme: puede apuntar a la diversidad o a la uniformidad, al cambio o a la estabilidad.

  • - La evaluación de las diferentes soluciones pasa por la identificación de las formas

  lingüísticas en cuestión, de manera de fijar los límites dentro de los cuales es posible intervenir. Conviene saber si existe una norma o varias, si existen una o varias ortografías. Por último, es necesario dotarse de criterios objetivos que, en relación con los fines establecidos, permitan elegir la solución. De manera general, escribe Haugen, una forma lingüística es eficaz si es fácil de aprender y fácil de utilizar.

  • - La puesta en práctica. Haugen señala que los decisores son, a fin de cuentas, los

  usuarios de la lengua, y que por lo tanto son ellos quienes deben ser llevados a aceptar la solución adoptada. Desde este punto de vista, el individuo prácticamente no tiene peso fuera del que le confiere su autoridad personal o científica. El gobierno, en cambio, controla el sistema escolar, los medios, y su mejor estrategia consiste en introducir a través de la escuela la reforma lingüística elegida.

  Sorprenderá al lector de este texto el hecho de que Haugen, en aquella época, no inventa nada. Parte de su buen conocimiento de la historia lingüística de Noruega, toma algunos conceptos de la economía (planificación) y de la gestión (teoría de las decisiones) y los proyecta sobre ejemplos de intervención estatal en las lenguas (Noruega, Grecia, Turquía, etc.). Al proponer así un sintagma nuevo, el de planificación lingüística, no crea un concepto sino que más bien delimita un dominio de actividad, sin desarrollar la menor crítica de las nociones que adopta. Apenas se plantea el problema del poder, de las relaciones de fuerza de que dan cuenta las relaciones lingüísticas, lo que se explica en parte por el hecho de que no toma en cuenta el plurilingüismo, los problemas de relaciones entre las lenguas, pero también porque se sitúa en una concepción liberal norteamericana de la planificación. Tampoco se plantea el problema del control democrático sobre las decisiones de los planificadores; considera que el Estado debe elegir y aplicar la solución que le parezca la más adecuada para resolver un problema. De hecho, en todo ello hay exportación y aplicación mecanicista de los modelos utilizados en la economía liberal y la gestión de empresas, sin ningún análisis sociológico de las relaciones de fuerza en juego. La planificación lingüística se reduce en esa época básicamente a la propuesta de soluciones relativas a la estandarización de las lenguas, sin que los lazos entre lenguas y sociedades sean tomados verdaderamente en cuenta.

III. El enfoque "instrumentalista": P. S. Ray y V. Tauli

  No faltan las definiciones que presentan la lengua como un "instrumento de comunicación" y es fácil ver lo que tienen de restrictivo cuando dejan de lado lo esencial de la lengua, esto es, sus relaciones con la sociedad. Al precio de esta restricción se ha podido construir los enfoques estructuralistas de la lengua, y es contra esta restricción que se ha desarrollado una nueva manera de abordar los hechos de lenguas que se ha bautizado "sociolingüística", pero que constituye en realidad la lingüística en sentido amplio, asumiendo hasta sus últimas consecuencias la definición de la lengua como "hecho social".

  Se encuentra este enfoque instrumentalista en ciertos textos que marcan la aparición de 12 la política lingüística. Así, Punya S. Ray, en un libro publicado en 1963, insistía en el carácter instrumental de la lengua y consideraba que era posible mejorar su funcionamiento interviniendo en la escritura, la gramática o el léxico. Su enfoque era relativamente simplista: por una parte, se puede evaluar la eficacia de una lengua, su racionalidad, su normalización y, por la otra, mejorar la lengua desde estos diferentes puntos de vista, como se cambia en una máquina una pieza defectuosa.

  Es lícito criticar esta consideración de la lengua como una herramienta cuyo funcionamiento se puede mejorar, pero el problema de la evaluación (en este caso, de las lenguas; en otros, de las situaciones lingüísticas) seguirá ocupando el centro de las reflexiones previas a una intervención planificadora. ¿Cómo medir el grado de eficacia de una lengua? Esta pregunta, central en la intervención de Ray, está evidentemente mal planteada y, por lo tanto, queda sin respuesta. Una lengua no es por sí misma racional o eficaz; responde o no a necesidades sociales, sigue o no la progresión de la demanda social. El problema es, en realidad, saber en qué medida la organización lingüística de una sociedad (las lenguas en presencia, sus dominios de uso, etc.) responde a las necesidades comunicativas de esta sociedad, pero este enfoque era difícilmente imaginable a comienzos de los años sesenta, en ausencia de formalización de la sociolingüística naciente.

  Valter Tauli se sitúa en la misma posición cuando propone en 1968 una "introducción 13 a una teoría de la planificación lingüística". Hace, por cierto, algunas referencias a la naturaleza social de la lengua, como por obligación, pero según él la lengua es esencialmente un instrumento, en el sentido más trivial del término, un instrumento cuyo funcionamiento se puede mejorar, tarea que le cabe a la planificación lingüística. Ya en 1962 presentaba este planteo con fuerza:

  "Puesto que la lengua es un instrumento, se sigue de ello que una lengua puede ser evaluada, alterada, corregida, regulada, mejorada, y nuevas lenguas pueden ser creadas a 14 voluntad." Pero ¿cómo evaluar una lengua? Tauli imagina esta evaluación según el modelo de un decatlón, esa competencia deportiva en la cual se les asigna a los atletas cierta cantidad de puntos según sus performances en diez disciplinas diferentes. Pero esta metáfora no le provee los medios para evaluar globalmente una lengua, y su posición queda reducida a un enfoque puntilloso que selecciona ciertos dominios con un dogmatismo llamativo. Así, según él, el orden "normal" de las palabras en la oración es el orden sujeto-verbo; la distinción entre masculino, femenino o neutro es inútil y absurda; la escritura debe ser alfabética y estar fundada en un análisis fonológico, etc., y el papel del planificador será el de modificar el instrumento lengua para acercarlo a esta normalidad. "La planificación lingüística", escribe Tauli, "es una actividad cuyo fin es el mejoramiento y la creación de 15 lenguas."

  Si bien las posiciones de Ray y Tauli, a veces en los límites de lo absurdo, parecen un callejón sin salida, evidencian los vínculos entre el grado de conceptualización que había alcanzado la lingüística y el modo de teorización de la planificación lingüística. Este instrumentalismo fue posible debido a una lingüística que analizaba la lengua desde un punto de vista interno, haciendo abstracción de su aspecto social, y sus posiciones a veces caricaturescas señalan al mismo tiempo los defectos e insuficiencias de esa lingüística.

  El lector habrá notado que, hasta aquí, los teóricos de la planificación lingüística no parecen interesarse más que en la lengua, en su estandarización, su "mejoramiento", y esto también debe ponerse en la cuenta de la lingüística estructural y su enfoque interno. Pero la planificación lingüística pronto se interesará en otras cuestiones; pasará de los problemas de forma a problemas de estatuto, evolución paralela a la de la lingüística, que se convierte lentamente en sociolingüística.

IV. El segundo modelo de Haugen

  En 1967, Heinz Kloss había propuesto distinguir entre "lenguas Abstand" (en alemán: "distancia", "separación") y lenguas "Ausbau" (en alemán: "desarrollo"): por una parte, las lenguas que se perciben como aisladas, independientes, y, por la otra, las que se perciben 16 como vinculadas a lenguas próximas, de una misma familia. Esta distinción repercutía en los problemas de planificación lingüística. El griego, por ejemplo, lengua "Abstand", al igual que el vascuence o el húngaro, no es percibido como parte de un contínuum de variaciones, característico de lenguas "Ausbau" como el italiano, el español, el portugués o el francés, o como el alemán, el danés, el inglés, el holandés, y esta diferencia de estatus tiene claras influencias en los problemas lingüísticos de Europa. En efecto, se podría dividir los países de la CEE en dos grupos, el de las lenguas germánicas y el de las lenguas romances, pero el griego o el vascuence escapan a esta clasificación... Dos años más tarde, Kloss introducía una distinción, que tendrá importantes repercusiones, entre planificación 17

  

del corpus y planificación del estatus. La planificación del corpus se refiere a las

  intervenciones en la forma de la lengua (creación de una escritura, neología, estandarización, etc.), en tanto que la planificación del estatus, a las intervenciones en las funciones de la lengua, su estatus social y sus relaciones con las demás lenguas. Así, se puede querer cambiar el vocabulario de una lengua, crear nuevas palabras, luchar contra los préstamos, y todo eso corresponde al corpus, pero también se puede querer modificar el estatuto de una lengua, promoverla a la función de lengua oficial, introducirla en la escuela, etc., y esto corresponde al estatus. Esta distinción volvía mucho más amplio el campo de la política lingüística y se separaba notablemente del enfoque instrumentalista que acabamos de describir.

  Desde entonces, en la literatura referida a la planificación lingüística se observa una tendencia a presentar las diversas operaciones en términos dicotómicos, comenzando por 18 Haugen, quien, en 1983, retoma esta distinción y la integra a su modelo. Su presentación se resume en el siguiente esquema, que cruza las nociones de estatus y corpus con las de

  forma y función de la lengua: Forma Función (planificación lingüística) (cultivo de la lengua)

  Sociedad

  1. Elección

  3. Aplicación (planificación del estatus) (proceso de toma de decisión) (proceso educacional)

  a) identificación del problema

  a) corrección

  b) elección de una norma

  b) evaluación

  2. Codificación

  4. Modernización Lengua

  (estandarización) (desarrollo funcional) (planificación del corpus)

  a) transcripción gráfica

  a) modernización de la

  b) sintaxis terminología

  c) léxico

  b) desarrollo estilístico

  Para ilustrar este esquema tomemos un ejemplo concreto, el de Indonesia. El primer momento lo constituye la elección de una norma: se identifica el problema (estadio 1 a), en este caso, saber cuál será la lengua del Estado, y se elige reemplazar la lengua colonial, el holandés, por el malayo (estadio 1 b). La decisión se toma en 1928, en una reunión del Partido Nacional Indonesio, es decir, mucho antes de que Indonesia accediera a la independencia. En aquel momento preciso de la historia tenemos un ejemplo de política lingüística que no puede ser puesta en vigor porque, como hemos dicho, la planificación requiere del Estado.

  En un segundo momento se va a estandarizar esta lengua en los niveles gráfico, sintáctico y léxico (estadios 2 a, b y c). El malayo era, en efecto, una lengua vehicular de formas fluctuantes y era conveniente fijar una norma.

  Luego, una vez resueltos los problemas formales, se pasa a los funcionales: difusión de la norma elegida, corrección, evaluación (3 a, b). Pero esto sólo se podrá llevar a cabo después de la independencia, en 1946.

  Por último, la puesta en práctica requiere que la lengua sea "modernizada", es decir, que se creen el vocabulario y los estilos necesarios para las nuevas funciones que cumple. Es así como, inspirándose preferentemente en palabras malayas, o en palabras de otras lenguas locales u otras lenguas asiáticas, el Komisi Bahasa Indonesia (comité de la lengua indonesia) elaboró el vocabulario funcional de la lengua rebautizada bahasa indonesia, "lengua indonesia".

  Se puede ver que en este esquema el recorrido de la planificación lingüística esbozado por Haugen (del estadio 2, elección de una norma, al estadio 4, modernización de la lengua) aparece a la vez como técnico y burocrático: hay un decisor (por lo general, el Estado) que elige una lengua para que cumpla cierta función (la oficial, por ejemplo), confía a especialistas la tarea de codificar esta lengua y luego pone en práctica su elección (la lengua es utilizada en los diferentes niveles del aparato de Estado: enseñanza, medios de comunicación, etc.), eventualmente la corrige, etc. Pero en ningún lugar de este esquema aparece la menor crítica a los procesos de decisión, la menor sugerencia de una posible consulta democrática a las poblaciones afectadas o de un control democrático de los estadios 1 (elección) y 2 (codificación): si bien la lengua pertenece a quienes la hablan, el problema de la lengua es aquí asunto del Estado, y esto, en ciertas situaciones, como la de Francia, no deja de generar conflictos entre ese Estado, los hablantes de la lengua nacional y las minorías lingüísticas del territorio.

V. El aporte de la sociolingüística "nativa"

  En todo lo que antecede los teóricos y a veces los prácticos de la planificación lingüística no estaban implicados personalmente en las situaciones en las que intervenían: su estatus era el del especialista que observa una situación, la evalúa, hace propuestas de cambio u ordenamiento y eventualmente las aplica. Si apelamos a una metáfora médica, actuaban como un cirujano que abre un cuerpo, identifica el mal y opera. La originalidad del aporte de los sociolingüistas catalanes, occitanos o hablantes de créole reside en el hecho de que el cirujano era al mismo tiempo paciente, que teoría y práctica estaban estrechamente ligadas.

  La situación de Cataluña bajo el franquismo habría podido servir de ejemplo a Ferguson cuando presentó su concepto de diglosia: el español era allí la variedad alta, lengua del Estado, de la escuela, la justicia, etc., mientras que el catalán, variedad baja, estaba reservado a la comunicación familiar, íntima. Pero Ferguson tenía una visión estática de la diglosia: aparecía en él como un reparto funcional armonioso de los usos, y es precisamente esta visión la que será cuestionada por lingüistas "nativos", es decir, surgidos 19 de situaciones diglósicas, en especial Robert Lafont del lado de los occitanos, Lambert- 20 Félix Prudent del lado de los creolófonos y Lluís Aracil del lado de los catalanes. La diglosia, dicen, no es una coexistencia armoniosa entre dos variedades lingüísticas sino una situación conflictiva entre una lengua dominante y una dominada. Ahora bien, escribe, por 21 ejemplo, Lluís Aracil, este conflicto no puede desembocar sino en dos situaciones: o bien la lengua dominada desaparece en provecho de la dominante (es lo que él llama sustitución), o bien recupera sus funciones y derechos (es lo que llama normalización).

  Este enfoque debe situarse en un análisis de tipo cibernético de las situaciones lingüísticas, que considera el par lenguas/sociedad como un homeostato, es decir, como un sistema que funciona según el modo de la autorregulación. Aracil proponía distinguir entre las "funciones sociales de la lengua" y las "funciones lingüísticas de la sociedad"; las relaciones entre estos dos conjuntos podían desembocar en la sustitución o en la normalización. En el primer caso, cuando las funciones lingüísticas de la sociedad no encuentran respuesta adecuada en las funciones sociales de la lengua, este déficit en uno de los conjuntos crea por "feedback positivo" un déficit de las funciones recíprocas en el otro conjunto, y esta amplificación desemboca, por multiplicación del déficit inicial, en la

  

sustitución. En el segundo caso, en cambio, el déficit acarrea por "feedback negativo" una

  regulación, una autocorrección o un esfuerzo compensatorio entre las funciones lingüísticas de la sociedad y las funciones sociales de la lengua, que desemboca en la normalización. Sobre estos puntos, pues, la sociolingüística catalana proporcionaba a la política lingüística proveniente de América del Norte un marco teórico que le faltaba, estableciendo el vínculo entre las situaciones lingüísticas (por ejemplo, la diglosia) y las situaciones sociales.

  En el origen, este modelo cibernético es descriptivo, explicativo. Pero la noción de

  

normalización lingüística irá cobrando en Cataluña un sentido más militante. En efecto, el

  feedback negativo que reorganiza las funciones lingüísticas de la sociedad es, en el plano teórico, el producto de una autorregulación. Pero es posible concebir también que la acción militante desemboque en el mismo resultado cuando actúa sobre la demanda social para justificar una oferta lingüística. Por ejemplo, se puede considerar que la difícil situación de lenguas regionales como el bretón, el occitano, el vascuence, etc., es el resultado de una ausencia de demanda social: estas lenguas existen pero no tienen utilidad social y están, por ende, condenadas a desaparecer. Pero es posible que la intervención humana (y ya no la autorregulación homeostática) actúe sobre la demanda social para justificar la oferta lingüística: si hay grupos que reclaman, por ejemplo, por razones identitarias, el derecho a sus lenguas, entonces esas lenguas tienen ipso facto un papel y un lugar en la sociedad.

  Este deslizamiento progresivo de lo teórico hacia lo militante estaba propiciado, desde luego, por la situación de Cataluña que, luego del retorno de la democracia en España, recuperaba su autonomía y disponía de posibilidades de intervención política o legislativa. Al promulgarse en Cataluña la ley de normalización lingüística (Llei de Normalització

  

Lingüística a Catalunya, 23 de abril de 1983), la noción misma de normalización se ve

  modificada: esta ya no es producto de la autorregulación sino de la voluntad humana, de la intervención del poder público.

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